El Arte Del Amor y El Desapego.

Suelen poner a éstos elementos como contrarios. Como si amar fuera poseer, como si querer fuera obligar. Como si desprenderse fuera sinónimo de no-importar, aquél cada-vez-menos-sentir. Y no es así...

Hoy me tocó despedir a mí pequeño a la distancia, a mí primer hijito: Otelo. Un hermoso gato negro amarronado que, con la luz del sol, se lo veía bordó. Un ñatito, un peluche relleno de amor, con grandes patas, orejas y muchas ganas de hablar... Una criatura que ya cumplió su rol en ésta vida y ya tenía que caducar sú estadía con sú muerte... No voy a mentir escribiendo que no me remueve el alma, porque una gran parte de lo que fuí y soy es gracias a él. Y todavía no llegué a tener aquella habilidad del budismo, esa capacidad del que no te afecte lo demás. No pude pero puedo, podré en unos días tal vez, porque ya lo hice antes con Malí. Yo sé que dejará de arder, sé que sí. Lo sabré cuando Yesterday Once More deje de doler. Y lograré sobrellevar sú final porque sé que ahora está mejor. En un lugar donde esa enfermedad ya no existe, donde nadie lo interviene ni inyecta nada.

Fué una semana muy larga, especialmente para mí padre. Él estuvo todo éste tiempo con él puesto a que no vivimos juntos, ya que yo estoy al otro lado del pais... Hace mucho no convivo con ellos, dejé de ser protección de mí hijo hace más de 10 años. Por ende, nunca quise que interpretara que lo abandoné ni que lo olvidé, y se lo supe decir hoy en un último audio. Que si bien no soy mucho de las redes y la comunicación, la verdad que me hizo sentir bastante bien dirigirle unas últimas palabras de amor y desapego. Aquél arte de sentir tanto por alguien tan pequeño como para dejarlo ser e irse cuando le sea necesario... Soy de las personas que sueltan cuando ya se hizo todo y no hay más que dar. No por rendirme ni abandonar, sino por empatía a quien está del otro lado. Y, en éste caso, mí hijo no tenía cura asegurada. El tratamiento disponible no habría de poder soportarlo puesto a ser una criatura de avanzada edad. Y cuanta más tranquilidad haya y cuanto más en casa se esté, creo que es lo mejor para alguien mayor.

Así que mí hijo se fué. Cumplió sú ciclo, sú misión. Le dije que se vaya tranquilo, allá donde no hay dolor ni molestia. Donde podría descansar sin cargar con el peso, la duda, aquél dilema de si seguir viviendo por amor ó morir por dolor. Y más que dilema, para nosotros fué un trilema: Seguir medicándolo y que dure, sacarle los medicamentos y que parta sólo, u obligarlo a morir... ¿Qué clase de encuesta es ésta? Es algo muy fuerte que no sabría explicarlo con palabras. Algo difícil, al menos para mí pero no por mí, sino por él. No por el apego, porque no me cuesta dejar las emociones atrás para pensar en quien está padeciendo dolor. Sino por el simple echo de las creencias, la ética, la moral, la educación, la tradición. Todo lo que mí padre me inculcó y todo lo que yo fuí aprendiendo y tomando como propio tras conocer y saber, leer e instruirme sobre la vida... ¿Quién soy yo para decidir quién vive y quién muere?

Me crió mí padre, así que él estaba en la misma y peor. Yo estaba en el medio, porque quería que muera rápido pero sin obligarlo a morir. Quería que muera lo más natural posible, cuando él decida irse. ¿Qué se hace? Casi de acuerdo con mí padre, procedimos a la opción B, con tintes de C pero sin mencionarlo. Mí padre no quería saber nada, pero recordó a sú padre, agonizando por horas y no pudo... Estoy a favor de la eutanacia, pero la humana, derivada de la persona sana que decide con anterioridad por si le llegara a pasar algo, pero no de un animalito que no tiene la capacidad del habla. ¿Y quién soy yo? No soy verdugo, no podría serlo, y menos de mí hijo. Es sú vida, no la mía. Pero él estaba sufriendo. Él tenía que haberse ido hoy temprano. Pero papá no supo esperar, decidió la repentina opción C que ya me había cuestionado, entre líneas, ayer. La cual, sin dudarlo, le dije que sí. Pero no supo pasar la noche ni verlo convulsionar a la mañana siguiente. Recordando a sú padre, y no queriendo eso para sú nieto. Y lo entiendo... Así que, finalmente trás el acuerdo para llegar a un cierto horario e ir a la veterinaria, mí hijo fallece por sú cuenta a sólo 2 minutos antes de entrar. Mí pequeño, todo un atrevido en la vida, y ahora también en la muerte. Mí hijo, al fin se fué y a voluntad propia, rápido, sin quejarse, sin secuelas graves más que aquellas 2 ó 3 convulsiones por la mañana y por la tarde, sin dormirse obligado. Y mí padre, liberado de la culpa y responsabilidad, por tener que decidir atentar contra la decisión y vida de alguien.

Lamento todo lo que tuvieron que pasar. Lamento el dolor de mí bebé, las molestias, las citas, los estudios, la transfución de sangre, más estudios, medicamentos, todo el martirio por aquél deseo de sanarlo, de darle ese bienestar que siempre tuvo. Y lamento todo lo que mí padre tuvo que bancarse sólo, dejarlo allá en ésto porque yo no podía viajar. No después de lo sucedido previamente... Creo que jamás lo escuché quebrarse, en la vida, al hablarnos. Siempre quise ser como él y no llorar por todo. Pero mí hijo era muy amado y me "acontenta" que haya llorado, porque eso significa que lo dejé en buenas manos y que mí padre supo querer (tal vez) como nunca quiso a alguien, en especial a un animalito. Lo suficiente para no querer que muera sólo, sintiéndose mal. Pero a la vez, darle sú espacio y no querer que sufra... El Arte del Amor y El Desapego, de eso se trata todo. Aunque aún lo estoy puliendo. Es difícil, a veces, pero creo que siempre se llega a algo justo y digno. Y me alegro. Me alegro por mí hijo y mí padre. Una muerte limpia, con previas despedidas sinceras. Nada más que cariño, agradecimiento y convencimiento de que se vaya para adquirir sú merecida paz. Mí hijo murió 2 horas después de que le hablé por última vez y agradezco la oportunidad de haberlo logrado. Sú nieto murió minutos antes de realizar aquella ejecución, una opción que sú abuelo no quería, pero no podía verlo así, descompensarse, deteriorándose poco a poco a cambio de nada pronto.

Agradezco tener en mí impregnado éste arte, porque de eso se trata La Vida y La Muerte: De tomarlo todo, de sentirlo, de escucharlo, saborearlo, mirarlo, pensarlo, tocarlo cada día como si fuese el último. Que si tenemos todo, hay que aprovecharlo, para que cuando no lo tengamos no nos vayamos a lamentar, a extrañar. No quiero la melancolía en mí, aquella nostalgia por las vivencias del pasado, dejando de estar en el presente y terminar desperdiciando mí futuro. Quiero seguir así, lanzándome a todo en vez de, como hacen muchos, arrepentirse del todo y tarde, porque el tiempo pasa y el hubiera no existe... Llevo éste pensamiento desde jóven, desde los 19 años. Pero aún sigo aprendiendo de que puedo aún, cada vez más, vivir el hoy. Porque siempre es bueno volver a leer ese manualcito para no olvidarme de que hay vivencias por valorar el doble y lamentar menos, y que simplemente hay tiempos y momentos que no podemos retener ni controlar, mucho menos hacer durar mucho o poco, acorde a lo que deseamos...

Gracias por todo, hijito. Tanto cariño, tanto amor. Me enseñaste tanto, mí pequeño. Gracias por enseñarme a querer, amar, respetar. A entender muchas cosas. A respetar a otras criaturas, también, a no lastimar a nadie. A no matar a nadie. A procurar por todo y todos. Y a cuidar a todo y a todos, a lo que nos rodean y quienes nos rodean. Que, en realidad, no están para nosotros. Sino que nosotros estamos para ellos (ustedes). Y que todos somos uno, también. ❤ Así que gracias, mí negrito lindo, por elegirnos y quedarte a darnos todo ésto por 17 años... No por nada llegaste un Sábado 14 de Febrero, el ejemplar perfecto para el verdadero significado del Día del Amor y La Amistad.

Así es el Arte del Amor y el Desapego. Y es que desapego no es no-sentir. Es sentir fuerte, lo suficiente para que cuando algo no esté ó alguien se vaya, no extrañarlo. Porque desapego no es dejar de querer y que se termine, sino que cuando se termine ya deje de doler... Dolor es reacción momentánea, pero la sanación es lo que prevalece. ¿Y el amor? El amor es lo que dura toda la vida. Y toda la muerte.